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Cada vez que se habla de vouchers educativos, el debate suele caer en una falsa disyuntiva. Para algunos representan la solución a todos los problemas de la educación; para otros constituyen una amenaza para la educación estatal. Sin embargo, cuando uno deja de lado los eslóganes y observa la evidencia económica acumulada durante las últimas décadas, encuentra algo bastante menos espectacular, pero mucho más interesante: los vouchers pueden producir mejoras importantes, aunque sus resultados dependen enormemente de cómo se diseñen y del contexto en el que se implementen.

Desde una perspectiva liberal, la discusión empieza por una cuestión sencilla. Las familias conocen a sus hijos mejor que cualquier funcionario, por más preparado y bien intencionado que sea. Milton Friedman defendía esta idea cuando propuso que los recursos públicos destinados a educación siguieran al alumno y no a una institución específica. La lógica era simple: si los padres pueden elegir, las escuelas deben esforzarse por atraerlos y conservarlos. Igual que ocurre en cualquier otro ámbito de la vida, la posibilidad de elegir genera incentivos para mejorar (Friedman, 1955).

Sin embargo, la gran pregunta no es filosófica sino práctica. ¿Funciona?

La respuesta corta es sí, aunque no siempre y no de la misma manera. Uno de los casos más citados es el programa PACES de Colombia, implementado en los años noventa para estudiantes de bajos ingresos. Los investigadores encontraron mejores resultados académicos, mayores tasas de finalización escolar e incluso beneficios observables años después de terminada la secundaria (Angrist et al., 2002; Angrist et al., 2006). Lo interesante es que el programa no se limitaba a entregar dinero. Los estudiantes debían mantener un desempeño mínimo para conservar el beneficio y las familias podían complementar el subsidio con recursos propios si deseaban acceder a instituciones más costosas. No era simplemente una transferencia; era un sistema que alineaba incentivos.

Algo parecido puede observarse en Washington D.C. Allí los investigadores no encontraron mejoras particularmente grandes en las pruebas estandarizadas, pero sí detectaron un aumento significativo en las tasas de graduación. Esto sugiere que algunos beneficios de la libertad educativa quizás no aparezcan inmediatamente en los exámenes, sino en aspectos más difíciles de medir, como la motivación, la perseverancia o el compromiso con el proyecto educativo (Wolf et al., 2013).

Pero la evidencia también ofrece advertencias. Los programas implementados en Luisiana y Ohio mostraron resultados negativos. A primera vista, estos casos parecen una refutación contundente de los vouchers. Sin embargo, una revisión más cuidadosa revela que muchas de las escuelas privadas que ingresaron al sistema ya tenían problemas de calidad antes de recibir estudiantes financiados por el Estado. Si la oferta educativa disponible es deficiente, la posibilidad de elegir por sí sola no genera milagros. La libertad amplía opciones, pero no reemplaza la necesidad de contar con buenas escuelas.

Quizás el ejemplo más fascinante sea Chile. Durante décadas se convirtió en el laboratorio educativo más importante de América Latina. El sistema permitió que millones de familias eligieran entre distintos establecimientos y favoreció una fuerte expansión de la educación privada subvencionada. Sin embargo, también aparecieron fenómenos de segmentación social. Muchos estudiantes de mayores ingresos o con mejor desempeño académico terminaron concentrándose en ciertas escuelas, mientras otros permanecían en establecimientos menos demandados. La experiencia chilena terminó demostrando que la libertad educativa genera enormes oportunidades, aunque también plantea desafíos institucionales que requieren correcciones inteligentes.

Por eso resulta especialmente interesante comparar Chile con Suecia. Ambos países promovieron la elección escolar, pero los suecos incorporaron restricciones adicionales para evitar prácticas selectivas y limitaron la posibilidad de cobrar cuotas complementarias. El resultado fue un sistema con mayores niveles de competencia y niveles de segregación relativamente menores. La comparación enseña una lección fundamental: el debate no debería centrarse en vouchers sí o vouchers no, sino en qué reglas acompañan a esa libertad de elección.

Hay además un aspecto que la literatura económica suele dejar en segundo plano. La mayoría de los estudios se concentra en puntajes de matemáticas, comprensión lectora o tasas de graduación. Son indicadores importantes, pero no agotan la discusión. Para una familia, elegir una escuela también significa buscar un proyecto educativo compatible con sus valores, expectativas y aspiraciones. Incluso si dos escuelas ofrecieran resultados académicos idénticos, muchas familias seguirían valorando la posibilidad de decidir por sí mismas dónde educar a sus hijos.

Desde una mirada liberal, ese punto no es menor. La libertad no necesita justificarse exclusivamente por sus consecuencias. También posee valor en sí misma. Una sociedad que confía en las familias para tomar decisiones sobre la educación de sus hijos reconoce algo más profundo que una estrategia de política pública: reconoce su autonomía y su responsabilidad.

La evidencia económica no demuestra que los vouchers sean una solución perfecta. Tampoco respalda la idea de que inevitablemente perjudican a los estudiantes. Lo que muestra, una y otra vez, es que cuando las familias reciben verdaderas oportunidades para elegir y cuando las reglas están bien diseñadas, los resultados suelen ser prometedores. La lección más importante no es que la libertad garantice el éxito, sino que un sistema educativo que desconfía de las familias difícilmente pueda aprovechar todo el conocimiento, la motivación y el compromiso que ellas aportan a la formación de sus hijos.

Referencias

Angrist, J. D., Bettinger, E., Bloom, E., King, E., & Kremer, M. (2002). Vouchers for Private Schooling in Colombia: Evidence from a Randomized Natural Experiment. American Economic Review, 92(5), 1535-1558.

Angrist, J. D., Bettinger, E., & Kremer, M. (2006). Long-Term Educational Consequences of Secondary School Vouchers: Evidence from Administrative Records in Colombia. American Economic Review, 96(3), 847-862.

Böhlmark, A., & Lindahl, M. (2015). Independent Schools and Long-Run Educational Outcomes: Evidence from Sweden’s Large-Scale Voucher Reform. Economica, 82(327), 508-551.

Friedman, M. (1955). The Role of Government in Education. Rutgers University Press.

Wolf, P. J., Kisida, B., Gutmann, B., Puma, M., Eissa, N., & Rizzo, L. (2013). School Vouchers and Student Outcomes: Experimental Evidence from Washington, D.C. Journal of Policy Analysis and Management, 32(2), 246-270.


About the Author:  Alex Aguirre es ingeniero, académico y Director Ejecutivo de IPADES. Sus áreas de interés incluyen la libertad educativa, las políticas públicas, el desarrollo económico, el Estado de derecho y las reformas institucionales orientadas a ampliar las oportunidades y la autonomía de las personas.

Imagen: Tomada de la web https://www.gentedesalta.com/.