A principios de mes, en un evento en Xela, Occidente de Guatemala, me sorprendí al escuchar a varios jóvenes hablar de sus proyectos. No era arrogancia, era algo más. Me detuve a mí mismo a pensar en algo que nos pasa a todas las generaciones: esa sensación de ser imparables, únicos, irrepetibles… Un excepcionalismo casi inevitable, y hasta un egocentrismo en la juventud, principalmente. Lo curioso es que ya en el siglo IV a.C., Aristóteles tenía algo que decirle a eso: magnanimidad; como aquella capacidad de autoreconocer el propio valor de algo de forma precisa —y sin grandezas. Y justo eso era lo que veía aquella tarde. Un orgullo quetzalteco —de la región de Quetzaltenango— que no caduca, que no pertenece a una generación ni a un discurso político de turno, sino que se convierte en algo mucho más difícil de contener: un espíritu socioespacialmente trascendente, para usar el término preciso. Esa tarde entendí que identificarse con esa región no es puramente romántico. Es algo más vital, más denso y más aterrizado que el nacionalismo chapín en toda su expresión, y esa diferencia resalta.

Siguiendo la línea de la palabra extravagante, me atrevo a hacer una analogía con la cristiandad —no por caer en romanticismos, sino por sus procesos. La Iglesia, pues, ha tenido que atravesar crisis profundas, cuestionamientos radicales y hasta falsos dirigentes que hablaron en su nombre. No obstante, sobrevivió. Se renovó y sigue veintiún siglos después, con o sin nosotros. Transformando sus instituciones desde creencias y revolucionando su identidad desde adentro… Algo similar veía en Xela. Esa fuerza local emprendedora —no es nostalgia ni mucho menos— es la energía que remueve y renueva frente a los retos más serios que enfrenta Guatemala hoy. Precisamente porque también se puede —y debe— construirse desde lo interno, con una identidad que no depende de coyunturas, ni de impulsos esporádicos… Ese deseo de superarse y de trascender de lo puramente material hasta lo elemental: el desarrollo.

Ahora bien, si me arriesgo a extender el argumento hacia lo político —y lo hago—, diría que algo muy parecido ocurre con la juventud centroamericana; ese mismo sentimiento de ser imparables, de representar la generación que lo tiene todo, y lo cambiará todo, tiene un lado oscuro del que nadie habla: el ego —principal enemigo de uno mismo, según Ryan Holiday— y eso se traduce rápido en la política. Sin embargo, hay que decir, la voluntad de ejecutar existe, la energía también, pero sin ese contrapeso interno, se deriva en una especie de autoritarismo… Y ahí es donde entran las fuerzas populistas, que no buscan liderazgos maduros sino jóvenes con hambre de poder y poca paciencia para los procesos. Con soluciones de varita mágica —mano dura, promesas de bienestar instantáneo— diseñadas para capitalizar el bono demográfico y la saturación mediática que nos mantiene reactivos. El síntoma tiene nombre: autoritarismo y las condiciones para que se expanda en nuestros países están sobre el escenario.

Aun con todo esto, la respuesta magnánima también existe. El despertar de liderazgos emergentes, más informados y conscientes de lo que está en juego, y la tracción de una generación joven, con chispas de cambio, no serán la panacea. Serán, sin embargo, la respuesta más oportuna que más falta nos hace ahora. Pues, Guatemala, al igual que otros países del istmo centroamericano, atraviesa uno de sus momentos más críticos en términos de contrapesos al poder y de calidad democrática, las instituciones debilitadas, la falta de Estado de Derecho, y sobre todo, una ciudadanía que oscila entre la resignación y la apatía. Sin embargo, los modelos de desarrollo integral ya existen, No hay que inventarlos; solo hay que traerlos a la discusión, contextualizarlos e implementarlos.

Ahí es donde vuelve Xela. Porque esa fuerza que se expresa en el emprendimiento y en la política regional no es casualidad ni factores aislados: es cultura acumulada, es identidad que produce resultados. Es así que, si algo nos puede enseñar ese espíritu quetzalteco, es que el cambio se construye desde adentro, y, en definitiva, creo que se trata de ese equilibrio y magnanimidad que mencionaba Aristóteles. La convicción de saber lo que uno vale y de actuar en consecuencia… Sigamos, entonces, conscientes de nuestros egos, enorgullecidos por nosotros mismos, nuestras regiones, y luchando por nuestros sueños, convencidos de que lo que puede lograr un ímpetu como el de Xela en nuestros países es el cambio estructural que necesitamos…

Guillermo Melara

Guatemalteco, salesiano, internacionalista en formación con especialización en políticas públicas. Creyente del potencial de la juventud y de que el cambio se construye desde adentro.

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